When Sonia Met Boris: An Oral History of Jewish Life under Stalin, de Anna Shternshis, Oxford University Press 2017, $ 29.95

tapa dura; ISBN 978-0- 19-022310-6, 247 páginas.

En octubre de 2013, el Centro de Investigación PEW publicó los resultados de una encuesta sobre la cultura judía en los Estados Unidos que mostraba de forma inequívoca transformaciones en la identidad judeo-americana. Al igual que otros grupos religiosos, la encuesta sugería que los judíos estadounidenses contemporáneos son menos religiosos, menos comprometidos con su comunidad y más abiertos a los matrimonios mixtos que las generaciones anteriores. También indicaba que el 40% de los judíos estadounidenses cree que tener un buen sentido del humor es tan importante para la identidad judía como preocuparse por Israel; y más del 30% cree que se puede ser judío incluso si se cree que Jesús fue el Mesías.

Progresivamente, los judíos estadounidenses muestran una tendencia a desvincular la identidad judaica del judaísmo, poniendo mayor énfasis en los marcadores identitarios (a menudo arbitrarios) de índole étnica que en la propia religión, y poniendo de manifiesto el mismo tipo de «identidad débil» que la población para la cual se acuñó inicialmente este término: los judíos nacidos en la Unión Soviética. Si esta correlación se sostiene, y yo, por lo menos, así lo creo, Anna Shterns mantiene que las entrevistas de When Sonia Met Boris: An Oral History of Jewish Life under Stalin pueden ser interpretadas como una especie de mito fundacional de esta nueva identidad judía: «como narraciones inesperadas, pero válidas, del surgimiento de nuevas definiciones de lo que significa ser judío» (193).

Durante diez años, Shternshis realizó casi 500 entrevistas con antiguos ciudadanos judeo-soviéticos que eran adultos en la década de 1940. Organizado por áreas temáticas subdivididas en décadas, When Sonia Met Boris ofrece un retrato caleidoscópico y tópico de la experiencia vivida de diversas facetas de la vida judeo-soviética, incluyendo el matrimonio, la educación, el empleo y la migración. El análisis y la contextualización de los testimonios se entretejen en el texto para aportar una dimensión histórica a las conversaciones sobre cómo se tomaban las decisiones, cómo se criaba a los niños, o cómo se gestionaban las políticas de vivienda o las cuotas educativas y profesionales— aspectos de la sociedad soviética para los que no existía documentación escrita.

Sin embargo, el punto fuerte del libro radica en el enfoque sutil pero constante de Shternshis en la semántica de los testimonios de los entrevistados, en particular, su análisis de los diversos significados cambiantes del término «judío». Según el contexto, el narrador, el país de origen, sus circunstancias actuales y el idioma que utilicen, Shternshis muestra cómo este término puede servir como sustituto de todo un espectro de palabras diferentes, incluyendo «bueno», «malo», «tradicional», «casto» o «tramposo»—a veces en la misma entrevista. Al describir estos cambios, Shternshis traza con acierto un mapa interseccional que refleja las complejas transformaciones que ha experimentado la identidad judía a lo largo de varias décadas en un estado represivo y nominalmente ateo.

Sus conclusiones son estimulanes y modestas. En lugar de tratar de resumir la experiencia judeo-soviética en una sola narración, Shternshis ofrece un curso de investigación alternativo: un examen generacional de la judería soviética, utilizando el testimonio para demostrar lo diferente que puede ser la experiencia de una generación a la siguiente. También se preocupa de identificar los muchos factores potenciales que pueden influir en el testimonio, y explica cómo estas fuerzas pueden tener un impacto en los datos recogidos.

Aunque estoy seguro de que la lectura de este libro no requiere un profundo conocimiento previo de la historia de la Unión Soviética, como cualquier gran trabajo de historia oral, probablemente sea más útil para quienes lo tengan. Después de todo, Shternshis está contribuyendo a un debate histórico en curso. Por lo tanto, emplea una especie de taquigrafía al referirse a algunos de los eventos más conocidos de la historia soviética sin que siempre medie explicación previa. Las meras menciones al complot de los médicos, por ejemplo, esparcidas por todo el libro, sirven para evocar una imagen, o un giro, o un crescendo en la conversación; del mismo modo en que «Auschwitz» o «Egipto» podrían hacerlo en una conversación más amplia sobre los judíos.

Sin embargo, When Sonia Met Boris es implacablemente útil, tanto para los estudiosos de la historia soviética como para quienes estudian la identidad. Para los que, como yo, se encuentren en la segunda categoría, el libro contribuye a un debate más amplio sobre hasta qué punto esta identidad judía «débil» puede existir sin antisemitismo, sin ser asociada a la fatalidad. Sobre si puede o no ser significativa en tanto que judía. «Inesperadamente para los académicos, e inconvenientemente para los líderes de la comunidad judía occidental», concluye Shternshis, «la respuesta es un ‘sí’ rotundo» (193).


Emma Courtland es licenciada del programa de Master en Historia Oral de la Universidad de Columbia. Ha trabajado como escritora, programadora de películas, y curadora de exposiciones  para periódicos y organizaciones sin ánimo de lucro en su ciudad natal, Los Angeles.